Ediciones Institucionales

Panorama del Arte Argentino (2008)

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Titulo: Panorama del Arte Argentino
Edición:
Año 2008
Lugar de presentación: Centro Cultural Borges - 20/11/2008

Fotos del evento:

Marcelo Rivarola y Fanny Chateauneuf Auditorio  
Marcelo Rivarola y Fanny Chateauneuf Auditorio  
     
 
Gentileza de ARTE DEL MUNDO  


Prólogo:


Como el legendario ombú

Con llamativa frecuencia, en especial cuando se la comprende a fondo y se establece cuáles son sus verdaderos alcances, la naturaleza suele ser ejemplar.  Con respecto a lo que motiva las presentes líneas lo anterior se cumple, en el caso de la botánica, cuando esta simpática ciencia postula, y con razón, que el ombú no es un árbol, sino una gramínea, un pasto, una hierba, que después se dedica a crecer hasta alcanzar las dimensiones que todos conocemos.  Y el asombro aumenta cuando un amigo –ingeniero agrónomo– me aclara que hay unas 3.000 variedades de pasto.  Ni una menos.  Y en el caso del ombú, que gracias al desarrollo evolutivo de sus orígenes acaba convirtiéndose en el robusto vegetal que caracteriza a nuestras pampas, no puede menos que asociárselo a nuestras artes visuales.  Que poco a poco, y también en constante crecimiento, han llegado a ser, en la actualidad, el equivalente de nuestro simbólico ombú.
Para entender lo que me propongo, nada mejor, se me ocurre, que llamar en mi ayuda a esa gran amiga que, sin ambages, es la historia.  En este caso, para recordar que hace ya casi cinco siglos, es decir, en 1536, el conquistador don Pedro de Mendoza, cuando desembarcó en las orillas del Río de la Plata –y  tal vez se perfilasen ya algunos ombúes en el salvaje horizonte– traía consigo, y como simple tripulante, a un modesto geógrafo y tripulante, el alemán Ulrico Schmidl,  quien dejó grabadas para siempre las estampas que certificaban cómo y en qué circunstancias había sido fundada por primera vez nuestra querida y hoy tan abigarrada ciudad de Buenos de Aires.  Este primitivo dibujante llevó sus bosquejos, en los que ya figuraba el ombú, de retorno a Alemania; fue, así, nuestro primer artista plástico. 
Por aquellos dibujos –preservados gracias a los esforzados cuidados de un valiente grupo de misioneros jesuitas, con el padre Wilhelm Faulkner a la cabeza–  vemos hoy cómo lucía el primitivo grupo de chozas originario de la posterior y cosmopolita ciudad, así como las penurias por las que debían pasar esos verdaderos prohombres sitiados incluso por el hambre, y lo que a su vez habrán experimentado los habitantes de esas tierras entonces (charrúas, querandíes y quilmes), en una cruel contradanza de la que nada ha quedado, salvo los dibujados testimonios de Schmidl.
Pasó el tiempo, de ese lejano siglo XVI, que para la distante y ensimismada Europa sería asimismo el siglo del mayor esplendor del Renacimiento, y poco significó para la indómita raza de los conquistadores, ya que cinco décadas más tarde otro arrojado español, Juan de Garay, refundaría desde sus viejos cimientos, aunque esta vez sin un Ulrico Schmidl que lo refrendara con sus diseños, lo que había sido un nada próspero y endeble caserío.  Paulatinamente, los ahora colonizadores fueron enseñando a los indígenas los rudimentos de sus artes, en especial los de la arquitectónica, hasta el punto de que en la actualidad pueden admirarse las espléndidas ruinas de las misiones jesuíticas, en Misiones, muchas de ellas decoradas a mano por los indios mismos, los que a su vez no vacilaban en cuanto a trocar sus alimentos, derivados de la caza y de la pesca, por las refulgentes cuentas de vidrio que eran, para ellos, los auténticos tesoros.
En las colonias del Río de la Plata, ese arte, y otros más, fueron creciendo muy lentamente, ya que otros eran los objetivos que en esos tiempos se perseguían: en primer lugar, los de la supervivencia.  Pero de a poco las artes, en especial las religiosas, se iban perfilando.  Aunque muy, pero muy despacio.  Sólo luego de Mayo de 1810, y en la nueva República del Sur –nuestra tierra de ahora–, había tímidos gestos estéticos.  Formado en París, Prilidiano Pueyrredón, pintor favorito de Rosas, perfilaba y daba vida a sus espléndidos retratos, que hoy son nuestro orgullo.  Y ya a fines de ese siglo XIX Buenos Aires era la soñada meta de muchos otros pintores, en especial los macchiaioli toscanos, y por ende, italianos.  Uno de ellos, que alcanzaría fama mundial, Giovanni Boldini, dejó las huellas de sus espléndidos frescos en varias iglesias porteñas, en particular la de San Miguel Arcángel, y en el ex palacio Errázuriz –hoy Museo Nacional de Arte Decorativo–, mientras otros compatriotas suyos, unidos a artistas franceses, y en menor número españoles, alemanes e ingleses, decoraban otros templos, como los de La Piedad o de La Merced.  Buenos Aires crecía, y con ella las artes visuales.  Más de un edificio, de los que la ciudad se ha tomado el encargo de preservar, lo testimonian.  Y al respecto me contaba Rodolfo Alcorta, que en París estudió pintura con Henri Matisse, que Buenos Aires tenía, en la Costanera Sur, un magnífico Museo de Calcos, que incluía copias exactas de esculturas famosas –en primer lugar, las de Miguel Ángel–, pero que los soldados que acampaban en un cuartel vecino las habían destruido casi por completo, baleándolas con sus armas de fuego.
Así nuestra pintura, nuestra escultura y las restantes artes que son apreciadas por la vista (y tal vez no esté de más recordar que Aristóteles consideraba que los ojos eran el más noble de nuestros cinco sentidos) iban siendo cada vez más seductoras.  Muchos son los turistas que llegan a nuestro puerto –como pasajeros de exclusivos cruceros– que recorren con justificada avidez las salas de nuestro Museo Nacional de Bellas Artes, noble entidad a la que hay que sumar –y esto vuelve a significar un saludable crecimiento– las salas del Museo de Arte Moderno, el de Arte Decorativo, y en estos años, índice de la madurez que alcanzan nuestras artes visuales, exigidas por un público cada vez más numeroso, el MALBA.  Las galerías también han aumentado en número, y a semejanza de lo que sucedió hace años en Nueva York, Palermo se ha sumado, con su pintoresco y entrañable sobrenombre de Soho, al más tradicional San Telmo, y una iniciativa por demás positiva, la realización de las populares Gallery Night o Noches de Galería, materializa el encuentro de los creadores con gente que los quiere y que ya los admira, lo cual significa que la semilla de los comienzos se ha convertido ya en un frondoso y robusto árbol.
Sólo falta que, al igual que lo que se celebra en Madrid, en Berlín, en Nueva York, en San Sebastián o en Río de Janeiro, por no nombrar sino a la más importante de todas, la de Venecia, que Buenos Aires tenga también su Feria Internacional de Arte, si no su Bienal, exclusivamente consagrada a las artes visuales.
Y si, antes de poner punto final a estas meditaciones (este volumen, el undécimo consecutivo dedicado a que se valore internacionalmente a esas mismas disciplinas artísticas, contribuye también a que esas esperanzas se conviertan muy pronto en realidad), recuerdo lo que, durante sus involuntarios exilios en París, me decían el melancólico Raúl Russo o el batallador Emilio Pettoruti (los dos cotizables ya en el mundo entero), quejándose de que aquí no se los había comprendido (creo que ya no tendrán lugar esos destierros), si nuestros pintores, dibujantes, grabadores, nuestros artistas plásticos todos se esfuerzan en lo que cada uno de ellos hace la meta se habrá logrado, es decir, seguir creando.  En algún lugar de las galaxias celestiales, por lo tanto, el alma de Ulrico Schmidl se sonreirá, complacida, ya que, para ese entonces, el legendario ombú de sus dibujos se habrá convertido en el más hermoso y duradero de los árboles.

César Magrini / Escritor y crítico de arte

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