Ediciones Institucionales

El Arte Argentino hacia el Mundo (2006)

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Titulo: El Arte Argentino hacia el Mundo (The grand book of Argentine Art & Its Personalities)
Edición:
Año 2006
Lugar de presentación: Centro Cultural Borges - 22/11/2006

Fotos del evento:

Mirta Stefani, Marialita Lanusse, Marcelo Rivarola y Patricia Saporiti
Auditorio Astor Piazzola del Centro Cultural Borges
Hija de Marta Díez, Marcelo Rivarola y Marta Díez
Mirta Stefani, Marialita Lanusse, Marcelo Rivarola y Patricia Saporiti Auditorio Astor Piazzola del Centro Cultural Borges Hija de Marta Díez, Marcelo Rivarola y Marta Díez
Vernissagge en el hall del Centro Cultural Borges María Andrea Anzorena, Marcelo Rivarola y Silvia Seitún Marcelo Rivarola y Silvia Feld
Vernissagge en el hall del Centro Cultural Borges María Andrea Anzorena, Marcelo Rivarola y Silvia Seitún Marcelo Rivarola y Silvia Feld
Susana Marenco y Marcelo Rivarola Auditorio con la presentación en vivo de Mellow Jazz Duo Beba magrini, Mónica Laillá, Laura Bianchi, César Magrini, Marcelo Rivarola y Gloria Bancalari
Susana Marenco y Marcelo Rivarola Auditorio con la presentación en vivo de Mellow Jazz Duo Beba magrini, Mónica Laillá, Laura Bianchi, César Magrini, Marcelo Rivarola y Gloria Bancalari
Vernissage: Duo de la Camerata Exaudi Actuación especial en el auditorio Mellow Jazza Duo Marcelo Rivarola y Eunice Enriquez
Vernissage: Duo de la Camerata Exaudi Actuación especial en el auditorio Mellow Jazza Duo Marcelo Rivarola y Eunice Enriquez


Prólogo:

Como en el curso de este artículo, y por momentos en su desarrollo, me será muy necesario emplear el sustantivo “sustrato”: en su primera acepción, así se define a lo que toma la parte esencial del ser y es independiente de sus calidades. Esta palabra, así definida, es muy utilizada en los terrenos de la filosofía y de la lógica. Pero otra adhesión a su significado es la que se refiere “al terreno que queda bajo una capa superpuesta”. En este último sentido se la aplica por ejemplo al hablar de “el sustrato cómico de las obras de Aristófanes”, y siempre que se quiera designar a un antecedente geográfico, histórico, artístico o social. También son válidas las acepciones de la expresión “Napoleón llevó a cabo sus campañas con el sustrato de los ideales de la Revolución Francesa”, para sugerir que ésos gravitaron enormemente sobre las concepciones político-sociales del Gran Corso.

Así, pues, trasladémonos al entero continente de América antes de la llegada de los conquistadores, en especial de los españoles y portugueses. Había en esas tierras, hasta su descubrimiento por Colón (y aceptemos sin retacear la historia de Colón), varios muy importantes sustratos culturales: el azteca, en tierras del hoy México, el inca, en el Perú y sus extensiones geográficas, se iría formando poco a poco el brasileño debido a los constantes ingresos de grandes masas de esclavos africanos, esparciéndose unos pocos en América Central (mayas y chibchas), todo lo cual presentaba un panorama de gran interés.

En Brasil, además, y derrotada en Portugal la monarquía reinante, vino a establecerse, con el tronco de los Braganza, en las conquistadas tierras de Brasil, y todas las estructuras mencionadas cooperaron activamente para edificar una cultura propia y estable, formando así su sustrato.

Algunas zonas del noroeste de la Argentina fueron ocupadas, lo mismo que partes de Bolivia, por los incas, y en ellas se mantienen vivos y florecientes, gracias a sus respectivas operaciones, sus correspondientes sustratos. Pero el que es hoy el territorio argentino era en el pasado un conjunto de tribus nómades, que no desarrollaban arte alguno, y que vivían fundamentalmente de la caza y la pesca, que les aseguraban su subsistencia. Casi todas esas tribus vivían del pillaje, carecían de escritura o de otros recursos culturales y cambiaban de lugar de residencia casi continuamente. Por eso, por falta de ese sustrato cultural que ejerció una influencia tan poderosa en México y Perú y que las hizo progresar tanto, a su vez, en artes, porque además explotaban importantes minas de oro y plata, fue que obraron como disparadores de la codicia de los conquistadores, con los tristes episodios finales mexicano y peruano, que esparcieron una densa capa de sangre sobre los hechos de sus respectivas conquistas, y del cual deriva el nombre de nuestro país, Argentina, es decir “el país de la plata”.

Pero no fue en la Argentina donde se enriquecieron conquistadores y colonizadores; la principal fuente de ingresos del país la constituirían las explotaciones agrícola-ganaderas, lo cual le valdría a la Argentina el mote, andando el tiempo, de “granero del mundo”.

Pero las artes no prosperaban.

Un fulgor inesperado se extendió desde el norte de las provincias de la Mesopotamia: la obra, incansable y tesonera, de los misioneros jesuitas que levantaban hermosísimos edificios (más tarde injustamente expulsados del país), y que constituyen hoy puntos de encuentro de quienes desean emociones enraizadas en un pasado que no fue precisamente pobre. Y resulta casi una broma de mal gusto que el primer croquis que se haya dejado de la primera fundación de Buenos Aires, en 1536, provenga de un soldado alemán que integraba las fuerzas de Don Pedro de Mendoza: Ulrico Schmidel, quien dio así testimonio del horror que rodeó a aquella fundación.

Pero el ejemplo de dejar un recuerdo gráfico de aquellos días no prosperó. Hasta Prilidiano Pueyrredón, uno de los máximos exponentes de nuestro acontecer, sólo al retornar de sus estudios plásticos en París trató, en vano, de introducir el romanticismo en nuestras aulas de artes visuales; pero el éxito no lo acompañó. Pueyrredón fue el primero en tratar de incorporar a las escuelas europeas a nuestra pintura.

Pero la costumbre de “una beca en Europa” tardó mucho en cristalizarse adecuada y masivamente. Sólo a fines de ese mismo siglo XIX hubo un importante movimiento de pintores que emigró especialmente a París, que entonces, mucho más que ahora, era el centro neurálgico del mundo. Simultáneamente, cantidad de pintores italianos, con sus característicos estilos, acudían a Buenos Aires para decorar sus iglesias, a dejar otros testimonios de su arte. Uno de ellos, muy cotizado en su país natal, Italia, Giovanni Boldini, residió aquí varios años y pintó íntegras diversas dependencias del palacio Errázuriz, además de ubicar en la mejor sociedad porteña muchos de sus cuadros.

Y hasta hace unas décadas, los maestros italianos asomaban por doquier: se erguían, orgullosos y satisfechos, en los interiores y cúpulas del teatro Odeón y del cine Grand Splendid, pero hoy estos lugares han sido destruidos.

Emile Antoine Beurdelle, el gran escultor francés, levantaba su imponente monumento al general Alvear, además de dejar otras piezas igualmente importantes.

Así, pues, y gracias a esa “teoría del sustrato” que he mencionado, puede hablarse, sin temor a error, de un arte mexicano, o incaico, o brasileño, esto último debido a la lujuriosa flora y a los colores de la naturaleza pródiga de ese país.

En cuanto a nuestro país, alejados todavía de los folclorismos fáciles o de las decoraciones insustanciales, bien podemos decir que los hechos están variando, a pesar de que la pintura argentina puede ser calificada como europea. Cotizaciones extraordinarias y muy cuantiosas han ubicado ya a un Berni, a un Pettoruti, indicando (y con ellos hay muchos más) que nuestra pintura se está convirtiendo en internacional.

Lejos está el siglo XIX, con sus acuarelistas y sus pintores de brocha fácil, por los que se lograban empero excelentes precios. La realidad enseña que nuestros artistas – o por lo menos unos cuantos de ellos – son dignos de figurar entre los mundialmente famosos y populares, fruto de años y más años de esfuerzo y trabajo, y se corporiza el deseo, por muchos acariciado, de que nuestra pintura proceda, una vez más, a marcar rumbos duraderos y reparadores.

César Magrini / Escritor y crítico de arte


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