Ediciones Institucionales

El Arte Argentino del Bicentenario (2009)

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Titulo: El Arte Argentino del Bicentenario
Edición:
Año 2009
Lugar de presentación: Centro Cultural Borges - 19/11/2009


Fotos del evento:

Arpa en el foie, Lucrecia Jancsa (premio Konex 2009) Edda Valeska, recibiendo sus ejemplares Marcelo Rivarola saludando al maestro Pujia en el auditorio
Arpa en el foie, Lucrecia Jancsa (premio Konex 2009) Edda Valeska, recibiendo sus ejemplares Marcelo Rivarola saludando al maestro Pujia en el auditorio
Tango en la presentación Coral Nemus (director Diego Zocco) Antonio Pujia y Noemí Mazzei
Tango en la presentación Coral Nemus (director Diego Zocco) Antonio Pujia y Noemí Mazzei
Marcelo Rivarola, Mónica Portillo y Mónica Laillá Mamina Nuñez de la Rosa, Nilda Fernandez Uliana, Marcelo rivarola y Monica Laillá Julio Sapollnik, Raul Bravo Herrera y Marcelo Rivarola
Marcelo Rivarola, Mónica Portillo y Mónica Laillá Mamina Nuñez de la Rosa, Nilda Fernandez Uliana, Marcelo rivarola y Monica Laillá Julio Sapollnik, Raul Bravo Herrera y Marcelo Rivarola
Ana y Alfredo West Ocampo y Marcelo Rivarola Ivy Coradini, Marcelo Rivarola y Alfredo Sanjurjo
Ana y Alfredo West Ocampo y Marcelo Rivarola Ivy Coradini, Marcelo Rivarola y Alfredo Sanjurjo  


Prólogo:


Se me disculpará que la esencia de este prólogo, que es la de ser objetivo, tenga un matiz ceñidamente personal; lo necesito.  Porque el término “bicentenario”, materia prima de estas reflexiones, despierta de inmediato, en la densa maraña de mis recuerdos, dos hechos bien definidos;  ambos vinculados con la celebración de dos centenarios que partieron de la misma base: rememorar los dos siglos de existencia de una república, de los que me tocó ser testigo presencial.
El primero de ellos tiene por aniversario el año de 1976.  Invitado especialmente por el gobierno de los EE. UU., asistí a los actos principales allí realizados, en particular en Washington, a comienzos de un verano contagiosamente optimista, que festejaba el bicentenario de la independencia estadounidense.  Los actos principales de esa celebración, fueron realizados en el aula magna del Congreso: una decena de discursos cuyo objetivo fue destacar todo lo conseguido en esos dos siglos de absoluta libertad, que no era por cierto poco, incluidas y consideradas las dos tremendas guerras mundiales de las que había salido tan honrosa como victoriosamente. Alusiones y festejos, también, por doquier; especialmente en los ámbitos culturales. De estos, dos exposiciones –y al evocarlas me siento otra vez admirado y conmovido– una en las salas de la Morgan Fundation otra, en el Museo de Bellas Artes de la capital norteamericana, con la producción pictórica de ese gran precursor del informalismo, J. K. Jackson, junto con obras del igualmente valioso artista plástico de quien fuera su colaborador y amigo, el poético William de Koenig.
En cuanto a lo práctico y a la vez muy útil, signo del siempre esperanzado progreso, que ha caracterizado sin interrupciones al gran país del Norte, la inauguración de un nuevo y crucial fragmento férreo, el que bajo la denominación de “Amtrak 76” unía, en veloz tiempo récord, Nueva York con Washington, ciudades entre las cuales ya se podía viajar cómodamente por medio de un helicóptero, previo pago del importe en molinetes, como los del subte, y sin ninguna otra exigencia de algún tipo.
De mayor importancia histórica, política y social fue el segundo bicentenario, cuya conmemoración me tocó la suerte de asistir, invitado por la filial porteña de la Cámara de Comercio Franco-Argentina, que me solventó el viaje y la estadía en París, del 12 al 22 de julio de 1989.  El 14 de ese mes se cumplía el segundo centenario de la declaración formal y pública de la insurrección que derrocó a la, hasta entonces, plurisecular vigencia de la monarquía, con el advenimiento de la república, que en Francia tardaría unas cuantas décadas en  establecerse sólida y definitivamente. Se me trató, entonces, y valga la paradoja, a cuerpo de rey, jalonado en un muy rumboso hotel de 4 estrellas en Champs Elysées, de donde era trasladado diariamente a Versalles, pasado múltiple paraíso de los Borbones, donde tuvieron lugar los principales actos conmemorativos. Paris, por su cuenta, se lucía profusamente con funciones de gala en la Ópera, exposiciones de toda clase en el Louvre y, sobre todo, muchas ferias regionales realizadas en la capital, con augurios de esperanza, de la que surgiría sin corte alguno el progreso, tanto el espiritual como el material. Los vendedores de libros usados, habían agrupado sus puestos a orillas del Sena –especialmente en la derecha–.  Aquellos  bouquinistas del alma y de tradición habían cubierto esos puestos con gran cantidad de banderas “porque en ellas ciframos nuestras esperanzas de ser cada vez mejores”, según me lo aclaró uno de ellos, a quien compré una vieja edición de “Pensamientos”, de Pascal.
A su manera, colmadas sus páginas también de esa virtud que hace que los hombres y los pueblos avancen, y como positiva conmemoración del bicentenario patrio, aparece un nuevo tomo, el décimo segundo, de Ediciones Institucionales. Quienes la han preparado han tenido muy en cuenta la validez y el significado de muchos de los hechos sucedidos durante esos dos siglos; afortunadamente, en su mayoría, de paz y de pasos positivos en el camino que lleva hacia el porvenir. La primera de esas centurias la ocupan la organización nacional, la eficaz aplicación de los principios constitucionales y el progresivo afianzamiento de un federalismo cada vez más seguro y eficaz. Y la gran figura pictórica que da su carácter a diez décadas es la de Prilidiano Pueyrredón, que trajo de París lo fundamental del movimiento romántico, especialmente en los retratos y, desde luego, en los paisajes. Esteban Echeverría es en quien se basa Alberdi para la gestación de sus “Bases”, fundamento de nuestro sistema social. Mitre, Sarmiento, Avellaneda y Roca son algunos de los grandes estadistas que llevan adelante al país, en el que crecen las redes ferroviarias y en donde es cada vez más vital el apogeo de la agricultura y la ganadería. Y Eugenio Daneri abre las amplias puertas del realismo a nuestra pintura, que también se agiganta sin cesar. Así, con la máxima distinción intelectual y social se festeja el primer centenario, que cuenta con la enaltecedora presencia, por demás simbólica, de la hermana del entonces rey de España, Alfonso XII: la representativa Infanta Isabel. Pero hay que notar algo, que en un futuro no muy lejano se irá transformando de promesa y esperanza en refulgente realidad: en 1899 nace Jorge Luis Borges, quien elevará a la literatura argentina de nacional a universal, el candidato más firme al premio Nobel, que estuvo tan cerca de lograr y, sin vacilación alguna, de merecer.
Llegamos así a la segunda y última de las dos centurias reseñadas en las presentes digresiones. En ella, dos pluriseculares imperios se derrumban.  Uno de ellos con rapidez: el zarista ruso; el otro, lentamente, a lo largo de varias décadas: el chino. Europa comenzaba ya a agitarse, como anticipo de la Primera Guerra Mundial, a la que se unirían la todavía entonces Rusia y varios países de Oriente. La segunda contienda se debió a la invasión nazi de Polonia, en cuyo transcurso los norteamericanos lanzaron la primera bomba atómica sobre Japón. También la guerra civil española, en la década del treinta, provocó que cantidad de inmigrantes acudieran a nuestras playas en busca de paz y, por supuesto, de trabajo y progreso, tanto materiales como artísticos.
Las artes, en general, se vieron muy favorecidas, en especial las cinematográficas En la década del treinta, se filmaron las primeras películas en el país. Buenos Aires contó, desde 1908, con el mundialmente famoso Teatro Colón; meta de consagración para músicos y artistas líricos de todas las latitudes. Asimismo durante ese siglo, fueron inaugurados varios destacados museos de artes visuales, con el de Bellas Artes a la cabeza de todos ellos, así también como el Nacional de Arte Decorativo, en el hermosísimo edificio levantado por el millonario chileno Matías Errázuris, el Museo de Arte Moderno y el acogedor Palais de Glace.  En tanto Benito Quinquela Martín, factótum artístico de La Boca, alegraba a la ciudad pintando de amarillo y de naranja los coches trolleybus (números 301 y 302) que recorrían, en ambos sentidos, la siempre vistosa avenida Santa Fe. La municipalidad de entonces, en especial la que estuvo a cargo de Mariano de Vedia y Mitre, instituyó importantes premios anuales, de artes plásticas y de literatura. Y fue este mismo intendente el que modificó la cara a la ciudad capital, con el trazado y la construcción de la suntuosa avenida General Paz y la espléndida 9 de Julio. Para ello tuvo que derribar muchas manzanas de edificios, lo que le valió el apelativo popular de “Marianito Paredes”. También se ocupó de abrir la ultra céntrica Plaza de la República, en la que se yergue el obelisco, como homenaje en el Cuarto Centenario de la primera fundación de la Capital.  La destacada escritora Victoria Ocampo, que trajo como huéspedes a muchas celebridades, entre ellas, Federico García Lorca, Albert Camus, Vivien Leigh, Gras Greene, Igor Stravinsky e Indira Gandhi, editó, en 1930, el primer número de la revista “Sur”, la más  importante de las literarias de América Latina, que prosiguió emitiéndola mensualmente hasta 1973. Tres relevantes pintores nuestros, Eduardo Mac Entyre, Ary Brizzi y Miguel Ángel Vidal, protagonizan, en 1960, un movimiento plástico mundialmente único, al que denominan “Pintura Generativa”, una geometría abstracta que origina, a su vez, nuevas e inéditas formas. En 1976 se celebra la Primera Feria Internacional del Libro, que proseguirá luego, hasta la fecha, todos los años. Antonio Berni, Carlos Alonso, Guillermo Roux, Emilio Petorutti y Raquel Forner se ubican y se cotizan, con sus pinturas, cada vez más alto en los rankings internacionales.  Aumenta el número de museos de bellas artes, así como el de galerías, que lentamente se van desplazando desde la tradicional calle Florida hacia pintorescas y llamativas zonas de Palermo. En 1934, Buenos Aires es sede del XXIV Congreso Eucarístico Internacional, al que acude, como legado pontificio, el Cardenal Eugenio Pacelli, cuatro años más tarde coronado Papa como Pío XII. El siglo es doloroso escenario de tres contiendas, dos de ellas, la Guerra del Chaco y las disidencias con Chile, no llegan a mayores. En cambio, en 1982, y debido a un error inicial, la Argentina pierde, en una guerra tan injusta como desigual, el preciado tesoro de las Islas Malvinas, que en el siglo XIX ya había enajenado Rosas.  El resultado es para el país muy amargo, pero por fortuna, no se abandonó el empeño por recobrar esos australes y tan argentinos territorios.
Como se ve y se comprende, ambos siglos van delineando, con sus intenciones, sus aspiraciones y sus logros (cabe aquí recordar el ya mencionado incremento de los museos y de sus valiosas colecciones), los siempre propicios horizontes de la esperanza conquistada en los terrenos de la cultura y, en particular, los de las artes visuales, donde ganan cada vez más espacio material; y lo que es en realidad verdaderamente importante, en el luminoso, noble,  recompensante dominio de lo intelectual y de lo espiritual. Cabe recordar, en este punto, y porque refuerza lo que se acaba de expresar, que artistas argentinos de esas siempre honrosas disciplinas han figurado, y en forma por demás relevante, en exposiciones tan significativas como las afamadas Bienales de Venecia: una incomparable valoración. Los pintores, grabadores, fotógrafos, dibujantes y escultores que se congregan, llamados por su radiante vocación, en las valiosas páginas y en los textos del presente volumen, que celebra especialmente la esperanza cuyo cauce ha sido despejado por los dos siglos que se han sucedido hasta el presente, son voceros, por demás válidos –dada la segura y firme elocuencia artística de sus obras–, que responden al irresistible llamado de la esperanza. Una esperanza a la vez luminosa y sonora, que depende del personal fenómeno de la creación, entendida ésta como el logro total y admirable de una sana y fecunda personalidad.

César Magrini / Escritor y Crítico de Arte 

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