Ediciones Institucionales

Creadores de Arte Argentino (2003)

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Titulo: Creadores de Arte Argentino
Edición:
Año 2003
Lugar de presentación: Centro Cultural Borges - 20/11/2003


Fotos del evento:

Maestra de ceremonia: Gloria Bancalari Homenaje a los artistas presentes en el auditorio Homenaje a los artistas presentes en el auditorio
Maestra de ceremonia: Gloria Bancalari Homenaje a los artistas presentes en el auditorio Homenaje a los artistas presentes en el auditorio
Actuación especial Grupo vocal La Cobla Actuación especial Grupo vocal La Cobla  
Actuación especial Grupo vocal La Cobla Actuación especial Grupo vocal La Cobla  

Prólogo:


De Creación, de diccionarios y de enciclopedias:

Como lo hago cada vez que debo abordar un tema por mí no tratado anteriormente, acudo a mi buen y callado amigo, el diccionario, en la espera y en la confianza en que él, lo mismo que lo ha hecho ya tantas veces antes, me sacará ahora de apuros por carecer yo de los elementos para hacerlo de otra manera. No estoy, en modo alguno, confesando ignorancia, sino una debilidad. El tema me parece ser demasiado serio como para salir de él con mas o menos frivolidad, o si se lo prefiere, con elegancia. Valgan los días de meditación previa sobre dicho tema, a los que, sin otros resultados visibles que el de dividir a éste en capítulos cuyas discusiones vayan ayudando en su aclaración, y aún así el camino no me parece lo suficientemente expeditivo como para intentar transitarlo; deseo hablar de la creación como una especie de puntapié inicial para otras disquisiciones, pero también me interesan al máximo puntos tales como el de la importancia del creador, su papel dentro de una sociedad contemporánea, y lo que ésta debe facilitar al creador o “creativo”, como se empeñan en insistir algunos para aliviar a su senda de obstáculos. Al menos, de aquellos de los que resulte responsable dicha sociedad, no tanto la contemporánea –siempre dispuesta a emitir las señales de reconocimiento necesarias- como las de otros tiempos, por ejemplo la victoriana, con episodios como el de la injusta, tortuosa y sofocante degradación de Oscar Wilde primero, de su amarga muerte en el destierro después.

Vayamos, pues, al diccionario, callado y siempre dispuesto a tender una de sus múltiples manos cuando así se lo solicita. Me valgo de una edición corriente del “Pequeño Larousse Ilustrado” en su quinta tirada, y lo primero que le pido es una autodefinición, que de inmediato me entrega, y que al igual que las restantes trascribo tal que: “Reunión, por orden alfabético o ideológico, de todas las palabras de un idioma o de una ciencia”. Y de inmediato, y como sinónimos: “Glosario, vocabulario, léxico, enciclopedia”. Y es precisamente esta última, la enciclopedia, a la que pensaba referirme, de modo que agradezco al diccionario que tan cumplidamente se me anticipa. Y dice así, tras eludir a los orígenes griegos del vocablo: “Conjunto de todos los conocimientos humanos” y luego: “Obra en que se trata de muchas ciencias y enseñanzas”. Se alude, así a esos volúmenes tan queridos que tratan casi todos los aspectos del conocimiento, en profundidad y en extensión. Sus orígenes pueden rastrearse en la Francia del siglo XVII, y en igual período en la Inglaterra que en esa época se hallaba integrada, por medio de sus academias y al igual que lo que sucedía en Francia, al saber en sus más diversas formas. En España el enciclopedismo – como tal se conoció al fenómeno - se dio apenas unas décadas más tarde, con hombres como el padre Feijoo, autor de los sabrosos tomos de un “Teatro Universal” en cuyas páginas el docto religioso –no recuerdo ahora a cuál orden pertenecía, porque cambio de ella en vida, me parece que era benedictino- repasa, enciclopédicamente, como había que hacerlo en su siglo, creencias y supersticiones, postulados de la ciencia o de la magia, o descubrimientos de la entonces todavía principiante ciencia (en especial, los fenómenos de la astronomía) con su curiosidad siempre despierta y pocas veces del completo satisfecha, en una prosa inquieta y original, y pasando revista al ya entonces vasto muestrario de preguntas que atenaceaban a los enciclopedistas, verdaderos pioneros en esta tarea suya de desentrañar los misterios mas cautivantes del mundo.

A menudo se me ha preguntado, en particular durante los años en que me dedicaba a batallar por el saber desde la cátedra universitaria, de una buena obra de consulta cada vez que llegara el caso de tener que hacerlo. Porque siempre recomendaba, a mis alumnos o a mis amigos, que saliesen de dudas con un buen diccionario enciclopédico, a pesar del elevado costo de los mejores de ellos. En lo personal opté hace años por la Enciclopedia Británica, en su edición de 1987, que responde más que satisfactoriamente a las necesidades que me han ido planteando los ejercicios de la crítica, el periodismo y la cátedra universitaria, y de manera ampliamente satisfactoria. Soy también poseedor de la edición de dicha obra correspondiente a 1930, por ser ella estimada una de las mejores en existencia, aunque no le consulto salvo en casos a los que podría llamar clásicos, y cuyo tratamiento no haya sufrido, en los años posteriores, ni revisionismo ni retractación o modificación algunas.



De la creación, de sus mecanismos y sus subterfugios:

Una vez más el grande, querido y admirado Sigmund Freud, de cuyos escritos soy incansable lector (cada vez, extrañadamente renovado) acude en mi socorro. Alguna vez definió a la creación como “la sublimación de una neurosis”, lo cual coloca al creador, sin posibilidad alguna de discusión, en la recua de los neuróticos. Pero vayamos por parte, especialmente cuando de definiciones se trata, pues el menor error con ellas puede transformarse en una catástrofe de proporciones nada desdeñables. “Sublimación”, y nuevamente acudo al diccionario, según el cual es “La acción de elevar hasta lo sublime, es decir, hasta lo muy grande, elevado en cosas del espíritu”, acepción que ha de ser la finalmente aceptada por Freud como explicación de su teoría. Porque neurosis es (del griego neuros, nervio), es “una enfermedad caracterizada por trastornos nerviosos y sin lesiones orgánicas y por trastornos psíquicos, de los cuales el enfermo es consciente”, o sea que se debe tener extremo cuidado en no confundir neurosis con neurastenia (y neuróticos con neurasténicos), sobre todo, al hablar de la interpretación freudiana de la creación, estimar que las neurosis, habituales en los creadores, no son materia del dominio de la medicina, sino, que se manifiestan en proporciones saludables, del arte.

Así, la vida cotidiana se ve enriquecida por múltiples y muy variados aportes de sublimaciones que se van convirtiendo en creaciones, todas ellas metamorfoseadas y anónimas. Porque estamos ante una legítima creación cuando elogiamos una mesa elegantemente dispuesta y servida, o cuando estamos frente a un jardín en el cual flores y arbustos despiertan la mejor de las impresiones, todo sea por evadirnos, así sea por unos momentos, de las otras veces férreos dictados del arte. La mayor parte de estas creaciones no aspira al rango de tales; les basta con esas buenas impresiones despertadas en el prójimo, hacia el cual van siempre dirigidas, para satisfacer así a un ente de nada fácil catalogación; la opinión, que es la corona última a la cual la creación puede aspirar, que tantas equivocaciones, algunas de ellas muy crueles, acumula a lo largo de la historia. Porque los nombres de Mozart o de Van Gogh, elegidos al azar entre los muchos que la historia ofrece a una selección que en el fondo es penosa, no hacen otra cosa que confirmar la falibilidad de los premios, cuando éstos son discernidos entre quienes no los merecen, lo cual quita a la creación el más legítimo de sus objetivos, que es el de agradar. De allí, tal vez, la extraordinaria cantidad de premios, o de reconocimientos que a primera vista no se comprenden, lo mismo que a menudo no se entienden las elecciones de la fama, de la fortuna o de la popularidad. Pero todo esto no lesiona la validez de la definición freudiana, siempre que se la sepa aceptar en sus verdaderos alcances, que poco a poco tienen que ver con el egoísmo, el orgullo y la vanidad puramente humanos, ellos sí dignos de condena, o cuando menos de indiferencia. Porque también la creación legítima, cuando encuentra el favor popular, puede ser desde la base bastardeada. Por quienes hacen suya la tonta ganancia de estar pescando en aguas previamente agitadas, ya se trate de la moda como de otros agentes igualmente adulterados, y si encuentran resonancia las obras de creadores que galopan ya en los batallones de la hipocresía, agotados en sí mismos y por eso incapaces de enfrentar sólidamente al futuro, único adversario ante el cual los creadores legítimos no se inclinan, porque lo saben ligado a ese juez insobornable que es, por sobrado derecho propio, el sucederse de las arenas del tiempo. La fama después de la muerte, dolorosa en extremo para el creador que cree en su obra, no es tan inusual como se cree. A los por ella distinguidos, aunque en clara y significativa minoría con respecto a los demás, la de los que encuentran en vida la devolución, así sea parcial, de sus angustias y de sus afanes. Porque una sublimación que compromete a la totalidad del ser se refleja en una obra en la que valen, y cuánto, las neurosis que en su momento se haya tenido que sortear, más la sensación, del todo inequívoca, de estar combatiendo en el flanco de la verdad, lejos ya de fantasmas, de engaños o de alucinaciones que podrían componer lo menos seguro, lo más fácilmente atacable de esa misma creación, a la cual el científico llega por los caminos que son propios o inalienables de la ciencia, y el homo ludens, el que ejerce un juego responsable en los territorios del espíritu, lo hace por los senderos, tantas veces intentados, de una sublimación que en muchos privilegiados suele extenderse a lo largo de una entera vida (como en el caso del mismo Freud, tan joven y emprendedor en su octava década de vida como lo había estado precedentemente), y les asegura, así, la posibilidad de una perennidad tan justa como merecida.

Por último me parece oportuno cerrar este capítulo con los resultados de una encuesta muy personal, que realicé hace algunos años, sin creer que el tiempo trascurrido desde entonces haya podido modificar en forma sustancial mi razonamiento. Me proponía entonces dar por sentada una presunción, que me había acompañado largamente, la de suponer que los cultores de las artes visuales, sobre todo los pintores, seguidos muy de cerca por los escultores, eran los que llegaban a vivir más años. Obtuve los resultados deseados. Y no sólo porque un Tiziano o un Miguel Ángel habían alcanzado, siglos atrás, promedios de vida extraordinarios –muy cercanos a los 100 años- sino porque el fenómeno se había dado, con regularidad, en todas las épocas. Lo atribuí entonces –y sigo pensando lo mismo- a que la pintura, y en grado todavía mayor la escultura, exigen de quienes las practican abundante gestualidad: manos y piernas, brazos y torsos y cabezas deben estar a menudo en movimiento, y a ello podría deberse que un Monet, un Picasso o un Dalí, en el siglo inmediatamente anterior al nuestro, hayan logrado considerable longevidad. Que no se da en escritores, pensadores, músicos u hombres de ciencia, sometidos a existencia notablemente más sedentaria. Y sobre todo, que ellos lleguen a una vejez tan envidiable, conservando casi intacta su capacidad creadora, de lo cual Miguel Ángel, el día antes de su muerte, que lo sorprendió a los 90 años, se hallaba entregado a planes en los que trataba de su obra futura. O Claude Monet, quien la víspera de su muerte acababa de dar las últimas pinceladas a un panel de sus “Nenúfares”, para cumplir así con un compromiso pendiente…



De concursos, de premios y de cuarentenas:

En la vida de un artista, sea cual fuere el tema al que se consagre, los premios tienen gran relevancia. Aunque no siempre justos, ni destinados a subsanar omisiones o postergaciones, los premios llenan, sin lugar a dudas, un lugar muy destacado en la sociedad contemporánea, tanto en la de hoy como en la del pasado, entendida esta última en el friso de tiempo que le corresponde. Confieso que todavía me cuesta aceptar que el señor Alfredo Nobel, al establecer en su testamento cinco premios anuales, entonces y ahora suspirados y perseguidos por igual, haya decidido dejar fuera la pintura, la música y el cine, aunque en el caso de éste se lo comprende por ser una novedad de la década de 1890 (exactamente en 1896), y de importancia prácticamente nula en tiempos del inventor de la dinamita. Quien con sus premios, muy significativos en cuanto a la suma de dinero que representan, constituyen una especie de devolución a la humanidad del cargo de conciencia derivado de haber sido justamente una fortuna debida a la invención de la dinamita, de efectos tan desastrosos en cuanto ésta empezó a ser empleada como arma ofensiva.

Realmente, cuesta decir que si a esa exclusión, que beneficia a la literatura y a un puñado de ciencias, pero que ignora, como dije, a la música y a las artes visuales. Pero sería necesaria la resurrección de Nóbel para que la enmienda fuese efectuada, y eso está fuera de toda posibilidad. Así, sólo quedan, cada año, unos pocos científicos premiados, y un escritor muchas veces impuesto antes por politizaciones del entorno que debido a méritos propios. En este caso, lo sucedido en su hora con nuestro Jorge Luis Borges es lo suficientemente explícito como para abundar en otras situaciones. El cine, por su cuenta, y a partir mas o menos de fines de la segunda década del siglo XX, ha encontrado una solución para su omisión de los Nobel al implementar, con carácter de universal aunque el gran favorecido sea siempre su país de origen, los EE.UU., los tan zarandeados premios “Oscar”, que favorecen en primer y casi absorbente lugar a la industria norteamericana en sus manifestaciones cinematográficas. Y aclarar, de paso, y si queda alguien que todavía lo ignore, porque una empleada de cierta compañía productora de películas, al tropezar con la estatua de los premios en uno de los pasillos de su oficina, la encontró parecida a su “tío Oscar”. De allí a denominar así a los también suspirados premios, que no son en efectivo aunque sus resultados a menudo pueden medirse por un aumento en los ingresos de los favorecidos.

En las artes visuales del país, los premios ocupan un lugar de importancia, aunque éste fue mucho mayor en el pasado. Algunos premios, como el Palanza, han desaparecido con el correr de los años, y no han surgido otros en su reemplazo. Pero las distinciones oficiales en este sector de la cultura nacional no faltan, y en este sentido son de particular relevancia, así como el aguijón que estimula la creación en ellos. Una entidad privada, por ejemplo, y lo hace a través de un jurado altamente calificado, otorga un premio de U$S 10.000 anuales al artista que haya demostrado insobornable calidad con su obra, y que lo haga a lo largo del tiempo, lo cual otorga a este premio, llamado, como la fundación que lo discierne, María Calderón de la Barca, un matiz de premio también a la trayectoria que aumenta su significado y su interés. El salón Nacional sigue en pie, aunque en condiciones a menudo lamentables, y ha perdido, en la práctica, esa cualidad de descubridor de virtudes que antes lo caracterizaba. De todas maneras, siguen siendo abundantes los premios otorgados, antes que a otras disciplinas de las artes visuales a la pintura, así como el dibujo, al grabado y a la escultura en sus diversas especialidades, todas ellas de mucha significación en el panorama nacional. Desde luego, nunca ha habido premios ni los habrá, que hayan dejado conformes a todos sus concursantes, ya que lo que cada vez se pone a prueba es la responsabilidad de un jurado elegido precisamente por su objetividad, su actitud equitativa y la responsabilidad de sus juicios, pero en general el clima de los distintos concursos, tanto de los consagrados como el de los que suelen irrumpir el medio cultural al que las artes visuales pertenecen, es aceptada por la mayoría, y son muy raros los escándalos debidos a parcialidades por parte de esos mismos jurados, que deliberan en paz para establecer dignamente sus premios.

En este sentido muchos son los llamados, es cierto, pero pocos los escogidos, y el aspirante a consagrarse debe reconocer que a nadie, si se sienta en su casa de brazos cruzados, irá a buscarlo, nunca. O dicho en otras palabras, que es imprescindible una vida que participe activamente de los movimientos que tienen que ver con el arte al cual se dedica: visitas a exposiciones y a conferencias o charlas a ellas vinculadas, muestras especiales de los museos, y formar parte de sociedades de artistas plásticos cuya finalidad sea obviamente ésa: el mutuo conocimiento, y el de las obras de cada uno, base imprescindible para toda carrera que desee lanzarse en el futuro. Así, y siempre dispuestos a aseverar con el propio juicio la obra y la personalidad de los demás, todo esto dentro del marco de un intercambio lo más intenso posible, el aspirante a ocupar un lugar de significado en dicha sociedad podrá intentar el reconocimiento de los valores propios, ya sea mediante una exposición, el premio en algún concurso o el desinteresado espaldarazo de la crítica, en estos detalles irremplazable.



De la necesidad de lanzarse, de cuarentenas y de dictámenes:

En realidad, las presentes palabras no son sino la prolongación de las que cierran el capítulo precedente, en cuanto a que el propio triunfo, la propia inserción en la siempre dorada esfera de los elegidos cuesta (a veces más de lo necesario) y demanda un interés en ciertos casos, que hasta puede resultar contraproducente. Para un creador, entendido éste en las normas y en los conceptos que se van desgranando a lo largo de estas meditaciones, y que tiene como garantía el hecho de que son resultado de una actitud mantenida durante muchos años (más de medio siglo, y sin embargo siempre quedan cosas por valorar y para ser tenidas en cuenta) como para permitir, llegado el caso, una visión en cierto modo didáctica, fruto de un ejercicio constante y sostenido. A nadie, decía, cómodamente instalado en el protector abrigo de las paredes de su casa, van a ir a buscarlo la fama o el éxito, objetivos, aunque no se los confiese abiertamente, de todo aquel (y aquella) inclinados por dar un sentido trascendente a sus vidas, de las cuales su obra es, siempre, el reflejo más próximo y deseado. De engañosas suelen tildar quienes no son objeto directo de sus fanfarrias a las trompetas de la fama. Pero es un lugar común que encierra su cuota de saludable verdad. Porque en tren de elegir los instrumentos que proclaman a esa fama, se opta por los más sonoros, los más marciales, vibrantes y definidos; nada de delicadas arpas o melodioso violines. Trompetas han de ser, y redoblando en sus acentos, aún cuando los tambores (o precisamente por eso) son llamados a silencio.

Quienes integran los escuadrones de las artes bien llamadas visuales (en otras épocas se prefería llamarlas “bellas artes”), deben, en todas las oportunidades, hacer de su presencia un motivo de reconocimiento, porque las obras que a ellos pertenecen están siempre reclamando que se las tenga de inmediato presentes, como escudo y parapeto de la propia seguridad o integridad del autor. Veni, vidi, vici, exclama César en los comentarios a la Guerra de las Galias, y lo mismo que un general victorioso sea visto y palpado por sus adictos, que son la firme garantía de esa misma fama que a él de manera tan esclarecida señala. Asimismo, y quedémonos con un pintor, aunque lo mismo corresponderá a un escultor, un grabador o un dibujante, en ese mismo plano figuran las exposiciones, que son los cables a tierra que el artista suelta de vez en cuando (los más afortunados no se exceden de una muestra por año), y que le sirven para constatar que no está solo en su camino, que sus admiradores lo acompañan y lo alientan, y a veces, hasta hace lo mismo la crítica, oportunidades en las que también recibe el invalorable testimonio de sus iguales, atenciones a las que debe sin vacilación alguna responder de las misma manera, porque ese artista forma parte de un engranaje en el que todos son imprescindibles y al que resulta descabellado e inútil rechazar.

Si se observa férrea disciplina en esto, unida a una decidida presencia en todos los actos que tengan que ver con el ejercicio del propio arte, se asegura no tener, en el futuro, a la soledad por compañera cuando se intente repetir, ahora en lo propio, la experiencia. La asiduidad en estas actividades asegura, igualmente, un “aggiornamento” que es fundamental para el artista que no desea pasar con su época. Y esto lleva nuevamente a otro tema, el de los concursos, también tratado en el capítulo anterior, uno de cuyos aspectos mucho me interesa divulgar, y el que en la jerga de los jurados se acostumbra designar como “cuarentena”. Constituido dicho Jurado, imaginemos que otra vez para dictaminar en un concurso de pintura (es conveniente que sus miembros redondeen un número impar, en previsión de los siempre engorrosos empates), y después de los comentarios y del café de rigor comienza el desfile de obras presentadas. Aquellas que no reciben el pronto juicio del jurado (que no sabe si rechazarlas o aceptarlas para una competición posterior), son colocadas aparte, en cuarentena. Porque se trata de trabajos que no han logrado su aceptación inmediata, pero a las que no se considera como faltantes a la totalidad de las normas establecidas en el reglamento para la otorgación de dichos premios. A veces, la cuarentena actúa en beneficio de dicha obra, pues los jurados son responsables de la cantidad de esperanzas, de los sacrificios incluso que puede haber costado un cuadro, una escultura, una tinta. Y si se mantiene el juicio adverso que había motivado el rechazo convirtiéndolo en definitivo. En mi experiencia como jurado, que ha demandado muchísimo tiempo en mi vida, no recuerdo un solo caso en el que de la cuarentena haya provenido un premio. Empero, y esto ha existido no sólo en mí, sino también en quienes me acompañaban como jurados, tomamos como propias las palabras de Cristo, que André Maurcis cita en su “Hôte de passage”: “Yo no vine a juzgar el mundo, sino a salvarlo.”



De encuentros, de hacedores, de la inspiración y de sus clases y sus destinos:

Tema por demás relevante, sobre todo en el curso de las presentes reflexiones, el de la inspiración, ese estado en que se halla el alma sometida a la fuerza sobrenatural, y también entusiasmo creador, numen poético, y por extensión, la obra inspirada. Los Yanquis, que parecen mandados hacer para encontrar siempre, a la manera en que antes lo hacía el espíritu francés, un rêve sonriente a algo, hablan de la creación como de un estado al que se llega “ten per cent by inspiration, ninety per cent by perspiration”: “un 10 por ciento por inspiración, y un noventa por ciento por transpiración”, este último porcentaje incluido el trabajo exigido por la creación, cuando se han sorteado sus primeros pasos, que deben ser trabajados una y otra vez, incansablemente.

En épocas anteriores, y también en la nuestra, se suele hablar de la creación cuando responde a dos motivos bien separados. Uno, o bien se debe a una especie de numen sobrenatural, que se manifiesta sin aviso, y que debe ser atendido de inmediato, o bien como el resultado de un trabajo previo paciente y meditado, en el que el autor echa manos, figuradamente, de todo el arsenal de sus armas, para llegar, en un feliz final, a la culminación de esos esfuerzos, concretados en la obra finalmente concluida, Platón habla de que hay un ángel (en griego un “angelós”, esto es, un mensajero) que se adueña de la propia voluntad y la hace obedecer a sus designios, que son los de contar con una creación que de otro modo se habría mostrado esquiva. Ambas acepciones cuentan con parejo número de oponentes pero es indudable, según lo demuestra la propia experiencia, que la broma o el chiste de los norteamericanos, cuando hablan de los mecanismos de la creación, tiene bastante de lógica. Muchos creadores, y en las distintas ramas de las artes, ansían no enfrentarse con un fantasma que en el fondo es lógico, el de la propia inacción o silencio. Aquí es donde entra a tallar el tema, en cuya búsqueda tantos son los que figuran asfixiados. Nadie menos que Rainer María Rilke, el gran poeta checo cuya obra se escribió toda en alemán, se quejaba de ese cruel vacío, que en su caso había durado años. Lo mismo que el de otro gran poeta, éste un jesuita inglés, Gerard Manley Hopkins, comparable a Kyats y a Shakespeare por la calidad de sus hallazgos, y que no dejó de escribir porque su superior eclesiástico le ordenó que no lo hiciera. Muchos son, como dije, los que sufren por no encontrar un tema, al que confunden con la inspiración, que ya vimos que es otra cosa. Al respecto, sigue siendo muy válida la respuesta que Johannes Brahms, a quien no podría acusarse como falto de temas inspiradores, diera a uno de sus alumnos, seriamente preocupado por no encontrar un tema a ser por él desarrollado. -¿El tema? Pues no se preocupe. Lo difícil es saber qué hacer con ese tema…

Pero Platón es empero culpable de haber prohibido la entrada, a su “República” (un estado ideal, luego en vano tratado de concretar por gran número de platónicos como de aristotélicos) a los enrolados en las artes visuales, en especial a la pintura. Y en palabras del mismo Platón, esto se explicaba: a la República ingresaban las ideas, no por sus representaciones. Y como hace 25 siglos la pintura abstracta aún no había sido inventada o descubierta, porque el que pintaba una silla estaba trabajando por repetición, al duplicar la imagen de la coloración de la idea “silla” no se le hacía lugar entre los entonces elegidos.

Como estimulantes de la creación no podía faltar, y no falta, el consumo de las drogas. Coleridge no oculta sus experiencias con la valeriana, ni Henry Michaux con la mescalina. Gauguin y Van Gohg, mientras duró su amistad, fueron relevantes alcohólicos. Kyats, en parte por la devastación de su enfermedad (murió en el invierno romano de 1825, de tuberculosis, a los 25 años, fracasado su amor por Fanny Browne, y deshecha su carrera literaria por el amargo encontronazo con la crítica) no dejó de lado ni a la morfina ni a la cocaína. Es que al artista le cuesta, por lo común, aceptar reglas sociales cuyo denominador sea el obedecer ciegamente a lo que otros han legislado en materia de creación, y en esto se nota menos involucrados a los literatos, tal vez porque su arte sea leído, con todo lo que esto implica de intelección, de ayuda del inconsciente, de sustituto. A otros, precisamente, los inspiran la lectura de pasajes de una obra maestra, o la vigencia de los personajes, protagónicos o no, de una novela, o un fragmento de música, o un paisaje, o la fuerza y la gravitación de una psicología ajena. A no hacer como el monsieur Jourdain de “El burgués gentilhombre”, de Moliére, que descubre, ya en su plena madurez, que esa misma prosa cuyos secretos y cuya victoria desea alcanzar es la que ha estado sirviendo, sin que él se diese cuenta de ello, hasta ese momento para expresarse. Dejados de lado los elementos que pueden conspirar contra una existencia plena, íntegramente dedicada a las arquitecturas de la creación, como la enfermedad o la invalidez, éste un tipo de enfermedad todavía más penosa, hay muestras, en la historia de la humanidad, que hablan claramente del triunfo de lo positivo, en creadores geniales, que superaron con su vida a su propia obra, de la cual fueron un categórico ejemplo. Freud mismo, que seguía publicando sus estudios ya avanzada, en él, la octava década de vida. O Verdi, que pasados los 50 años compone “Falstaff” y “Otelo”, con la misma fuerza y pujanza de sus óperas de plena juventud. O Picasso, más que nonagenario, testigo y protagonista de un mundo contra el cual se ha manifestado muchas veces, lo mismo que Chaplin, muerto como última protesta en Suiza, cercano ya a los 90 años. Hechos de una madera especial estos hombres (y muchos son los que podrían engrosar la lista) mantuvieron siempre frescas sus facultades creadoras, que prosiguieron en una epifanía constante y valiosísima, inalterable corona de vidas destacadas, dedicadas íntegramente al ejercicio, no menos constante de la creación, y cuyos frutos han sido, son y seguirán siendo gustados por una inextinguible posteridad.


Conclusiones:

Se imponen, llegado aquí, una que otra conclusión que ilustren lo que se ha estado teorizando. Guiadas por un helenismo del que no estoy dispuesto -ni mucho menos- a abjurar o a rechazar. Es que, con 25 siglos de antigüedad, el pensamiento griego me sigue pareciendo tan vital y tan certero como si hubiese nacido en nuestros días. “Poietés”, es decir con la misma palabra que para definir a un poeta, nombraban los griegos al hacedor. Así, y no cabe la menor confusión, a Dios lo llamaban –pese a ser épocas todavía de floreciente politeísmo–“poietés” supremo, o sea supremo hacedor. Categoría a la que puede aspirar, por cantidad de motivos, el artista de nuestro tiempo. Que responde, en lo sustancial, en lo definitorio, al de todas las épocas, según se ha tratado de demostrarlo en los capítulos que anteceden.

Se ha hablado de la creación, de los distintos mecanismos a los que recurre en tren de manifestarse, a la autoridad de las afirmaciones freudianas en ese terreno. He soslayado, sabiendo que lo hacía, el papel que todo artista reserva para la a veces tan voluble como tornadiza fama. He aludido, al pasar, como quien no quiere la cosa, a las oportunidades en las que esa fama, simple y tremendamente, no aparece. A veces –y la historia abunda en ejemplos que así lo demuestran- debido a que parte de sus aspirantes dejan el escenario antes de tiempo. Entonces aparecen como fáciles consuelos los de proclamar que los dioses se complacen en llevarse jóvenes a sus elegidos. Los dioses o la muerte. Poco importan los muchos nombres del bando contrario, el de los creadores que han gozado de una vida más o menos prolongada, y merecido las satisfacciones de la fama, el éxito o la consagración. Y es en este espinoso terreno donde reaparece otro elemento hasta ahora ausente de estas disquisiciones, igualmente originadas en las enseñanzas de Freud, el bendito inconsciente: que no tiene conciencia de sus actos, pues éstos pertenecen a la inconsciencia, estado en el que el individuo ha perdido la facultad de darse cuenta de los estímulos exteriores y de regular los propios actos y reacciones. De donde se desprende que la inspiración, acto mecánico por excelencia, proviene del inconsciente, ya sea esto endrío o exógeno.

En el inconsciente se originan, pues, todos nuestros actos; la tarea del psicólogo y del psiquiatra son la de leer en esos testimonios involuntarios las características propias de determinada personalidad. Area también propicia, y en enorme cantidad, para convertirse en materia constante para la creación, en buena parte de su génesis obra del inconsciente. Pero cuidado, porque según sean sus manifestaciones, ese inconsciente puede convertirse fácilmente en tierra de sufrimiento y de dolor. Al respecto corresponde refrescar las tres categorías, ya tan clásicas como famosas, en las que Freud divide al ser humano: el yo, consciente y responsable de sus actos; el ello o reino del inconsciente, y el superyo, o conciencia superior, la de los padres y los antepasados, o la moral de la sociedad a la que se pertenece, siempre en actitud de reconvención y de limitación de posibilidades. Del enfrentamiento del ello con el superyo surgen las trasgresiones y los conflictos que irá jalonando una existencia. Y aunque no se trate de términos patológicos, esos enfrentamientos, y especialmente su restricción y su manejo, pueden ser eficaces fuentes de dolor. Las enfermedades son gestos de alerta en los que prorrumpe cada tanto el inconsciente, lo mismo que las creaciones, a las que muchos entienden como verdaderos alumbramientos, acompañadas de un dolor que no es físico, sino intelectual. Corresponde al formidable andamiaje del psicoanálisis, continuado después de Freud por un grupo de destacadísimos científicos, el mérito de haber contribuido al enriquecimiento de la psicología hasta sus niveles actuales. Hoy puede decirse que sus “casos”, patentes en dos grandes grupos de irregulares, los esquizofrénicos y los paranoicos, han convertido a la psicología y a sus enseñanzas en sustentos irrenunciables del progreso humano. Aunque es necesario reconocer que la victoria al final corresponde al inconsciente, dado el triunfo último de la muerte, o thánatos, motor exacto de tantas religiones como de hermosísimas y muy valiosas obras de arte. Y son éstas, numerosísimas y siempre presentes, y en una dimensión que las eterniza y que las hace intocadas a las lastimaduras del tiempo, la que puede muy bien reclamar ese triunfo final, porque las obras de arte son superiores a la muerte, y de ellas es el mérito de que el hombre escape así a su destino, igualándose por ellas al plano de los dioses. Algo que sabe la humanidad desde siempre, porque ya los poetas de la antigüedad proclamaban su “No moriré del todo” porque esperaban perpetuarse como ha sucedido y como seguirá sucediendo en obras únicas, personales y con mucho a su vez de divinas en su perduración, el único tesoro del que la tierra y el mundo pueden sentirse orgullosos, su justificación y su gloria.

César Magrini / Escritor y crítico de arte


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