ÚLTIMA EDICIÓN







Titulo: Arte Argentino 25º Aniversario (Argentine Art - 25th Anniversary)
Edición: Año 2022
Presentación:14 de noviembre de 2022. Salón Ceibo de la Sociedad Rural.

Programa:

Presentación del libro:
Julio Sapollnik, Patricia Altmark, Marcelo Rivarola.
Actuación especial: Tenor y barítono del T Colón: TenoresEnvivo. Esteban Hildebrand
Hall: Saxofonista: Yuri Petroff.
Vernissage: A cargo de AZULADO.


Prólogo:

"Arte Argentino - 25º Aniversario"
Una pasión exquisita

En estos días difíciles, en medio de un mundo en crisis, sacudido por el eco sangriento de los misiles que caen sobre ciudades abiertas y las desesperadas migraciones de las multitudes que huyen del hambre y de la guerra, los argentinos asistimos a una nueva puesta en escena de nuestro recurrente karma nacional, cuyos principales síntomas componen el combo tristemente conocido de inflación, crisis económica, pobreza, desocupación y desorden social, un cuadro en el que la increíble resiliencia de artistas y editores, probada por nuestra presencia en el mundo del arte durante los últimos veinticinco años, ubica la impecable continuidad de los libros de Ediciones Institucionales en un punto intermedio entre la hazaña y el milagro. 
Condicionado, en mayor o menor grado, por la complejidad de un marco social que lo somete a presiones extremas, tanto materiales como emocionales, el artista de hoy, varón o mujer –a quien imaginaremos serio, responsable y consciente de la ineludible cortesía del destino, que en el momento justo nos dará a elegir entre el nicho o la urna–, estudia con lógica incertidumbre, guiado por los sueños que nacen en algún misterioso sector de la conciencia, las opciones que podrían facilitarle los ansiados fulgores de la consagración artística, si es que la providencia y el gusto de los espectadores votan por él.
Sentado frente a la tela en blanco, en el silencio de su taller o en el sitio elegido para el desarrollo del mudo diálogo que lo vincula con el resplandeciente universo del arte, acompañado por el grato olor de la trementina y los acordes armoniosos o disonantes de su música preferida, nuestro artista responde sin saberlo a la filosófica observación de Walter Pater: “Si todo huye bajo nuestros pasos, no podemos sino apegarnos a alguna pasión exquisita, a algún estremecimiento de los sentidos. (…) Arder siempre con esa viva llama, pura como una gema, mantener ese éxtasis, es el éxito de la vida”.
Aunque ese único dato es insuficiente para escribir su biografía, sabemos de nuestro hipotético artista, tal vez presente en estas páginas, que su pasión exquisita, impulsada por el inveterado romanticismo del corazón, dista mucho de ser una pasión-espectáculo, como esas que congregan multitudes entusiastas y aullantes en discotecas o estadios deportivos; por el contrario, nos gusta pensar que su exquisita pasión personal, más íntima y silenciosa, lo introduce en un camino de introspección y de fidelidad a sí mismo, refugiado en el aislamiento de su propia y denigrada torre de marfil y dedicado a explorar el inagotable venero de los rincones más sensibles de su alma, para volcar en su obra la vibración del arco de temores, ilusiones, memorias y experiencias que acumulamos desde la primera infancia, unas sobre otras, al modo de las capas geológicas que nos cuentan la historia del planeta.
Sin embargo, no sólo hay rosas y jardines perfumados en el camino de nuestro entrañable artista imaginario, ni son las crisis económicas y las guerras los únicos peligros que encuentra en el mundo exterior: también lo acecha el perentorio espíritu de la época, muy citado en nuestros días como fundamento de una supuesta correlación ineludible entre el artista y la comunidad nacional o universal, hasta el extremo de incorporar al territorio del arte todas las disciplinas y manifestaciones que componen la trama de la vida social: periodismo, sociología, militancia política, filosofía, literatura, cinematografía, antropología, religión, decoración, ciencia, informática, sexología y medicina, introducidas, bajo las invocaciones a Duchamp, en un universo tan proclive a la expansión como el infinito universo de Einstein y Hawking.
Imaginemos a nuestro hipotético artista enfrentado a esa anárquica e inabarcable dispersión, coloreada por la exaltación de objetivos colectivistas y radicalmente opuesta a los períodos sólidamente integrados del clasicismo grecorromano, el Renacimiento, el barroco o el neoclasicismo: es muy probable que en este estado de cosas nuestro atribulado artista perciba la amenaza, o la inquietante evidencia, de disolución del arte en la vida social, o que lo invada una romántica nostalgia de los tiempos en que el artista era un individuo solitario que daba cuenta, en su obra y en sus escritos, de nuestros temores y anhelos esenciales y de la fragilidad de la existencia, al modo de Gauguin o van Gogh –para limitarnos al campo de la pintura– dos personajes que, lejos de dejarse llevar blandamente por la confortable corriente de la opinión dominante, se rebelaron contra ella levantando la orgullosa bandera del individualismo, que puede ser leída como un egoísta desprecio a la comunidad, pero también como una valerosa y audaz inmersión en el centro del Yo, la arbitraria atalaya desde donde contemplamos el mundo, cuyo espeso entramado de instintos y pasiones encierra las claves y misterios de la condición humana.
Firmemente instalado en su conciencia individual, pero obligado a pagar el precio de su decisión con la moneda del aislamiento, nuestro artista imaginario se ve recompensado por la libertad de pensamiento, un estado sin coerciones, abierto a todos los rumbos y diametralmente opuesto a la unificación de centenares de millones de personas bajo una misma creencia, cuya expresión más definida, salvando las distancias, se verifica en la distribución geográfica del campo religioso –cristianos en occidente, musulmanes en grandes zonas de Asia y África y budistas e hinduistas en diferentes regiones de Asia, para citar solo las principales creencias– circunstancia que expone nuestra remota tendencia a la disolución del individualismo en el aglutinante social de una fe común, indispensable factor de cohesión entre las tribus primitivas, pero cuya persistencia a través de los tiempos explica también la avasalladora expansión de las modas ideológicas y culturales, a menudo constituidas como canon infalible de integración y legitimidad entre las elites intelectuales de nuestra época.
Tenemos entonces a nuestro artista –él o ella, volvemos a aclararlo para que nadie interprete esta nota como un intento de excluir al género más delicioso de la creación–, entregado a su pasión exquisita con la orientación descubierta, quizás, en las salas del Louvre, en el Met neoyorquino o en nuestro Museo Nacional de Bellas Artes, donde acostumbra detenerse largamente –tan pasmado de admiración como el autor de estas líneas– frente al precioso retrato de Liesbeth van Rijn perteneciente a la colección Hirsch o ante cualquier otra de las muchas y nobles maravillas atesoradas en el museo. De esa manera, estimulado por los hilos invisibles de la admiración y por los caprichos del gusto personal, imaginamos a nuestro artista entablando prolíficos diálogos –en pleno uso de su libertad de pensamiento y entregado al ilimitado poder de la imaginación– con los grandes creadores de imágenes de las generaciones pasadas o deslizando en el centro de su obra personal un apasionado interés por determinadas vertientes de la poesía o la música, lenguaje este último cuya singular naturaleza lo hace tan inaccesible a las palabras como la pintura, pero cuyas resonancias emocionales tocan las mismas cuerdas y confluyen en el mismo sector del corazón humano, especializado en rescatar del torrente del tiempo algún momento fugaz de la existencia.  Estas conjeturas y especulaciones en torno de los detalles de la pasión exquisita de nuestro artista podrían continuar hasta el infinito, pero de nada servirían, porque el arte, al menos en su vertiente más incondicionada, cuando se desarrolla a la luz de una disposición de ánimo franca y sincera, es el ámbito donde nuestra imaginación acostumbra desplegar sus alas con absoluta libertad, para tomar los rumbos menos previsibles y ofrecernos la vibración, a través de una nueva mirada, de la nota de compasión, amor, alegría, dolor o belleza destinada a revivir, en cada una de sus apariciones, un lazo tan remoto como nuestra especie: la misteriosa sensación de solidaridad que nos une a los sueños y los destinos de las generaciones pasadas y futuras. 
Una vez devuelto nuestro artista imaginario a su mundo de amores y temores, pérdidas y dulces ensueños acariciados con pinceles veloces o dubitativos, ya podemos dirigir nuestra atención a las limitaciones que padece la palabra a la hora de encarar el análisis de los lenguajes de diferente naturaleza, basados en sonidos o en formas y colores.  Como Proust cuando aborda en sus largas, sugestivas y poéticas parrafadas –sostenidas por nubes de adjetivos y profusión de copiosas y elegantes subordinadas–, la frase de la sonata de Vinteuil que cautivó a Swann, al llegar el momento de comentar una determinada pintura no podemos evitar que nuestra atención se deslice –debido a la imposibilidad de las palabras para representar la exacta estructura de las formas y colores o la deliciosa cadencia de las notas musicales–, hacia las sensaciones que experimenta el espectador, tal vez semejantes a las de Swann en el momento de escuchar la encantadora frase musical que conquistó sus sentidos, condensadas por Proust a lo largo de varias páginas, cuyo tono general asoma en esta breve muestra: “Y había sentido ya un gran placer, cuando, bajo la línea del violín –tenue, resistente, densa y rectora–, había visto entonces intentar elevarse con un chapoteo líquido la masa de la parte de piano –multiforme, indivisa, plana y entrechocada–, como la malva agitación de las olas seducidas y bemoladas por la luz de la luna”.  De igual manera, podríamos dedicar páginas y más páginas a describir los rasgos de Liesbeth y su mirada inquisitiva y afectuosa cuando se pregunta qué hacemos allí, inmóviles frente a ella, separados por casi cuatro siglos de distancia y a la vez unidos por la mágica abolición del tiempo; pero sea cual fuere su extensión y minuciosidad, ese texto nunca podrá igualar o sustituir la contundente realidad de la pintura, en el sentido de lograr que las palabras construyan por sí mismas, sin el auxilio de la retina, la imagen exacta de Liesbeth en el interior de nuestra conciencia, porque las palabras son el máximo logro de la comunicación humana, pero nunca podrán reemplazar la experiencia de contemplar un cuadro o escuchar una sinfonía; sirven, sí, de introducción o de estímulo cuando saben transmitir, con frases elocuentes y persuasivas, a la manera de Proust, las vibraciones de un vivo sentimiento de admiración, cuya contagiosa intensidad nos infunde el vivo deseo de apreciar la obra con nuestro propios sentidos.
Así llegamos al terreno que pomposamente llamamos crítica de arte, cuyo objeto último, discretamente velado y entrevisto bajo las referencias directas una obra determinada, me parece percibir en el ya citado pensamiento de Walter Pater, que nos permitiremos prolongar en los siguientes términos: cuando la dura lección de la existencia nos demuestra que todo huye bajo nuestros pasos, y el teatro de la vida se nos presenta tan efímero y cambiante como las visiones de un sueño, surge la viva llama que enciende la pasión más exquisita: el imperioso anhelo de trascender la finitud, materializado en las obras de arte, literatura, música, teatro y poesía que componen nuestra mejor apuesta –dejando de lado lo sobrenatural– en la mesa de juego de la trascendencia.
Luego de estas disquisiciones, formuladas sin otra pretensión que entretener a los lectores y estimular las reflexiones sobre la situación del arte y el propósito de los artistas, sólo nos queda expresar –a modo de epílogo– el deseo de que los proyectos individuales de todos los involucrados en esta edición se desarrollen felizmente y que el próximo año nos encuentre unidos, a pesar de los tiempos difíciles que nos toca transitar, en el goce del trabajo y en la natural alegría de vivir.

Daniel Pérez

FOTOS DEL EVENTO









Inés Patron Costas

Patricia Altmark





Julio Sapollnik


Marcelo Rivarola y Patricia Altmark

Tenoresenvivo

Silvana Merello

Luisa Zitzer

Ana Maria Frutos Chilavert y su esposo, y amigos

Patricia Saporiti y familia

Marta Vidal

Emilia Ghirardi

Estela Pesenti

Carlos Vera, Monica Caputo , su esposo y el saxofonista Yuri Petroff

Emilio Monferran, Marta Perez Temperley

Marcelo Rivarola y familia

Staff de Ediciones Institucionales

Marcelo Rivarola y Patricia Altmark

Marcelo Rivarola y familia

Cristina Terzian y familia

Sonia Rodríguez y familia


ARTISTAS
QUE INTEGRAN LA OBRA:


Abbate, Teresa
Acosta, Marta
Agatiello, Mario
Aguilera, Marta
Alonso, Carlos
Altmark, Patricia
Anzorena, María Andrea
Aparicio, Bravo
Armagni, Alda
Auteri, Cristina Marcela
Baglietto, Mireya
Benenzon, Rolando
Bermúdez, Griselda
Borré, Rubén
Bosque Marcelo (Marcellux)
Bravo Herrera, Raúl Enrique
Bravo, Julio
Burone Risso, Enrique
Camacho, Silvia
Caputo, Mónica
Céspedes, Florencia
De Vincenzo, Ida
Di Domenica, Lydia
Díaz Di Risio, Cristina
Díaz Rinaldi, Alicia
Distéfano, Helena
Dompé, Hernán
Dorta, Juana
Eglez, Gustavo
Elía, Jorge
Farjat, Julia
Fernández Verónica (Veronika)
Ferrari, Luis Ángel
Feyling, Esteban Guillermo
Florio, Domingo
Foschini, Vanda

Freydier, Cristina
Frutos Chilavert, Ana María
Furman, Mario
Gallardo, Graciela B.
García, Ruth Patricia
Ghirardi, Emilia
Grüneisen, Isabel
Guillaume, Stella Maris
Hafford, María Teresa
Lascano, Juan
Lockett, Milo
Lopardo, María Elena
Maiolino, Patricia
Mancini, Alba
Martínez, Angely
Martínez, Manuel
Martínez, Patricia
Martínez Suárez, Martina
Mazzei, Noemí
Mc Culloch, David
Merello, Silvana
Minnicelli, Pedro
Minujín, Marta
Moares, Daniel
Mollard, Marta
Mosiuk, Irene
Núñez De La Rosa, Mamina
Palazzo, Nino
Patrón, Costas
Pereyra Anheluk, Graciela
Pérez Temperley, Marta
Pesenti, Estela
Pittner, Marcela
Reig, Lina
Rodrigo, Mercedes
Rodríguez, Loly

Rodríguez, Sonia
Saggese, María José
Saiz Miramón De Saporiti, Patricia
San Miguel, María Luisa
Santa María, Marino
Santander, Cristina
Scannapieco, Carlos
Scholz, Piroska Catalina
Signorini, Micaela
Silva, María Ester
Solari, Pablo
Terzián, Cristina
Tessarolo, Carlos
Vázquez Cuestas, Atilio
Vega, Inés
Vera, Carlos
Vergara, Marta B.
Vidal, Marta
Villaverde, Vilma
West Ocampo, Alfredo Emilio
Wilde, Patricia
Zariquiegui, Estela
Zitzer, Luisa
Zorrilla, Heriberto

(011) 4631-1214 / 4633-8958 / 4541-2402 - Curapaligue 60 1º A - CABA (entrevista previa)
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