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Titulo: Alma y Pasión del Arte Argentino - Sus Autores (Argentine Art, Soul and Passion. It's Creators)
Edición: Año 2020
Presentación: No se ha realizado presentación debido a la pandemia por COVID19.

Prólogo:

"Alma y Pasión del Arte Argentino - Sus Autores"
Alma y pasión del arte

La aparición de este libro es el fruto de un pequeño milagro sinfónico, a la vez acto de fe y desafío a la adversidad, realizado en este impiadoso año de la pandemia por el resiliente puñado de artistas, críticos, correctores, traductores, diseñadores, coordinadores e impresores que enfrentaron estoicamente, junto al director de Ediciones Institucionales, la angustia de vivir en un planeta golpeado por la incesante cascada de dolorosos testimonios y temibles cifras de víctimas e infectados, todo esto en medio del, hasta poco antes inconcebible, espectáculo de ciudades vacías, hospitales colapsados, confinamiento obligatorio, vuelos suspendidos y escuelas, instituciones y comercios cerrados. Escritas hacia mediados de mayo, cuando la situación del país y del mundo posterior al coronavirus era una gran incógnita, estas líneas nacieron bajo el signo de la incertidumbre. Incapacitados para prever nuestro incierto destino –a pesar de los avances científicos y tecnológicos que mejoran sin cesar las posibilidades de la vida cotidiana–, sumamos a esa vieja duda, inseparable de la condición humana, la nueva inquietud proveniente de una amenaza tan volátil, silenciosa y universal como la sombra de las nubes. Sin embargo, aun en la más negra de las situaciones, contamos con el ilimitado y único poder que elude todas las barreras y todas las leyes –un espacio liberado para el desarrollo de los sueños, la creación y el pensamiento, dotado de absoluta libertad e inmune a todos los intentos de control–, al que llamamos imaginación. Homero suplió su desconocimiento de los virus imaginando al dios Apolo en el origen de la peste que diezmó, treinta siglos antes del coronavirus, a los sitiadores de Troya: “Disparó una flecha y un chasquido terrible salió del arco de plata. Hirió primero a las mulas y a los perros corredores, y no tardó en herir a los mismos hombres con el dardo que mata. Y ardían sin cesar las piras llenas de cadáveres”. Desde entonces, incontables legiones de poetas, filósofos, artistas, teólogos y escritores siguieron los pasos de Homero, inspirados por su formidable fantasía poética, y crearon las dos grandes vertientes que orientan la imaginación humana hacia la búsqueda de trascendencia. Para combatir la irremediable incertidumbre de la existencia, las tres religiones monoteístas diseñaron la vía celestial que propone la inmortalidad del alma, mientras los artistas y obreros del intelecto, tal vez menos optimistas, optaron por perseguir la trascendencia terrenal, un don que el fervoroso encomio de las generaciones concede a las grandes obras de la imaginación. Arthur Koestler intuyó, en esas obras memorables, la existencia de lo que llamó “el sentido oculto”, un misterio básico y central, relacionado con la eternidad y el infinito, cuya vigencia explicaría la fama y la grandeza de sus autores. Siguiendo los pasos de Koestler, el sentido oculto se nos revela en las dos palabras que retornan cada vez que nos sorprende la magnificencia de las creaciones humanas: incertidumbre e imaginación. Ellas son el disparador de las obras de arte y el germen de su espíritu común, cuya dinámica tiende a persuadirnos de que todas las obras musicales, literarias, artísticas y filosóficas podrían ser esencialmente poemas, o descubre la íntima afinidad entre música y pintura que Kandinsky concibió como un paso hacia la unificación de las artes. Las intuiciones y teorías se suceden y se modifican unas a otras, siempre envueltas en constante movimiento, porque la creación y las ideas nunca se detienen demasiado tiempo en un punto fijo: impulsadas por el imprevisible torbellino de los instintos y la incontenible ambición de trascendencia, acomodan los viejos ideales artísticos al alma de la época o los reemplazan por otros nuevos, originando la espiral de cambios y revoluciones que alborotaron el siglo XX con el ánimo de anticipar el futuro. En un irónico texto publicado en la revista Lyra, Jorge Luis Borges sintetizó los pasos sucesivos que hasta 1956 marcaron el pulso de la legitimidad artística: “Tras de expulsar a las madres y a los mendigos, el pintor pasó a los botellones y a las manzanas, después a las pipas y a los recortes, luego a los rombos, y finalmente se redujo a la raya y el redondel”. Once años más tarde, fiel a su apasionado interés por los problemas del arte y la literatura, el universal escritor firmó, junto a Bioy Casares –cuando las dislocaciones del dadaísmo, el ultraísmo, el abstraccionismo, las performances y el nouveau roman ya se habían tornado epidémicas–, el libro que recoge su faceta menos conocida y que ningún aficionado al arte debería dejar de leer. Protagonizado por un crítico imaginario, Crónicas de Bustos Domecq presenta, en tono paródico, un panorama del quehacer artístico y literario que caricaturiza las modas culturales y anticipa la trama del celebrado cuento: Pierre Menard, autor del Quijote. Presentado como "un registro audazmente enciclopédico, donde toda nota moderna halla su vibración", el libro de Borges y Bioy reseña las obras de varios personajes ficticios, entre ellos el envío de cierto señor Colombres al Salón de Artes Plásticas dedicado a la Antártida y la Patagonia: “un cajón de madera, que al ser desclavado por las autoridades dejó escapar a un vigoroso y agitado carnero […] el cuadrúpedo no era una fina fantasía del arte: era un indudable y tozudo espécimen biológico”. Las andanzas de otro hipotético personaje, un tal Bluntschli, desnudan la lógica de las performances: “hacia 1923 anduvo por las calles, incursionó en oficinas y tiendas, confió una misiva al buzón, adquirió tabaco y fumólo, hojeó los matutinos, se comportó, en una palabra, como el menos conspicuo ciudadano", pero su obra –nos dicen los autores– hubiera quedado en el olvido de no ser por la visión de Maximilien Llonguet, quien en 1932 "congregó en su panadería a un selecto pero reducido número de illuminati, y los lanzó a la rue Beau Sejour con un propósito preciso: X anduvo por las calles, Y incursionó en oficinas y tiendas, Z confió una misiva al buzón, Carlota adquirió tabaco y fumólo". El relato finaliza con esta sagaz conclusión de Bustos Domecq: "Llonguet había asestado un golpe de muerte al teatro de utilería y de parlamentos; el teatro nuevo había nacido; el más desprevenido, el más ignaro, usted mismo, ya es un actor: la vida es el libreto". El tercer comentario que seleccionamos corresponde a un visionario del vacío, el escultor Antártido Garay, “quien comenzó su carrera artística exponiendo moldes de yeso que representaban hojas y frutas, de dos en dos y de tres en tres, pero su interés no se concentraba en las hojas ni las frutas, sino en el espacio vacío que mediaba entre los yesos. En la siguiente muestra, Garay presentó media docena de cascotes desparramados sobre el piso entre cuatro paredes peladas, donde lo esencial era el aire existente entre las molduras del cielorraso y los cascotes. Pero la audacia y la imaginación del escultor alcanzaron su punto culminante en la plaza Garay, cuando colocó un gran letrero de chapa con la leyenda “Muestra Escultórica de Antártido Garay; su obra era la porción de atmósfera que cubre la plaza hasta el cielo”.Típico de esos años fue el protocolar anuncio de la muerte de la pintura, puntualmente reiterado por cada uno de los artistas que decidía dejar de pintar, una suerte que, por alguna extraña razón, no castigó a otras disciplinas: al menos, nunca se escuchó hablar de un pianista que al dejar el piano anunciara la muerte de la música, de un vate divorciado de su arte que proclamara la muerte de la poesía, o de un dentista aburrido de las caries que decidiera dar por muerta a la odontología. Además de sus repetidas aunque frustradas muertes, otra gran debilidad de la pintura reside en la fragilidad material que acota dramáticamente su perduración: Plinio el Viejo, fallecido durante la erupción del Vesubio en el siglo I, nos dejó una minuciosa relación de las maravillas realizadas por Apeles, Zeuxis, Parrasios y la pléyade de artistas griegos y latinos de la época, pero a diferencia de las grandes obras literarias del período que llegaron hasta nosotros, las pinturas de aquellos míticos creadores desaparecieron sin dejar el más mínimo rastro. Es descorazonador pensar en tantas maravillas definitivamente perdidas, mas el paso del tiempo y la piadosa secuela del olvido también tienen su lado benéfico: aunque las voces apocalípticas que convulsionaron el mundo del arte a lo largo del siglo XX siguieron quemando etapas hasta llegar a la desmaterialización del arte –un estado donde las obras ya no requieren ser realizadas, porque según sus cultores bastan una palabra o un mínimo indicio para transferir la intención del artista a la mente del espectador–, llegamos al punto en que las posibilidades de la renovación perpetua sobrepasaron largamente el límite del agotamiento, creando el vacío que permitió la feliz aparición de un nuevo estado del alma, al principio inadvertido y pronto tan evidente, actual y prometedor como las flores de la primavera. Una vez disipada la belicosa afirmación de una forma artística que derogaba todas las anteriores, asistimos a la resurrección de las escuelas, formas, estilos y autores que habían sido arbitrariamente condenados. Como en el paganismo durante los años felices del Imperio Romano, cuando el Estado comenzó a ser progresivamente el templo común de sus ciudadanos y se les concedió la ciudadanía a todos los dioses de la humanidad, el nuevo espíritu universal de tolerancia nos permite disfrutar de todos los creadores y todas las corrientes artísticas, sin los complejos y prejuicios que perturbaban nuestra visión del arte. Para decirlo con otras palabras, una vez desmontada la visión de la contemporaneidad como un acto de arrojo que consagra la superioridad artística –y no el rasgo fatal que nos encadena a un limitado y preciso período de vida–, recuperamos la libertad de disfrutar en pie de igualdad las resplandecientes creaciones del pasado y las intrépidas obras actuales –desde Giotto y Cézanne hasta Rembrandt y Botero, desde el Met y la Tate hasta las modernas galerías y ferias de arte, desde los murales callejeros hasta los maravillosos dibujantes que enriquecen las industrias del cómic y la prensa escrita–, para redescubrir que el arte genuino vive un presente perpetuo, independiente del calendario, y para hacer nuestras consiguientes elecciones personales sin pretender imponerlas como ley universal. Este cuadro de situación podría parecer muy favorable, pero visto desde la posición del artista, no resulta tan claro ni tan previsible, porque los tiempos en que los retratos, las batallas y las peripecias mitológicas y religiosas dependían de la mano del pintor –y le trasmitían una tranquilizadora certidumbre– quedaron definitivamente atrás. El colosal avance en el tratamiento de la imagen, conseguido por el cine, la televisión y la tecnología digital, le plantea al artista de hoy un difícil desafío: para ponderar su verdadera magnitud, imaginemos el deslumbramiento y la ilimitada admiración que sentirían el divino Leonardo o el divino Rafael –como los llamaban sus contemporáneos– si pudieran volver milagrosamente a la vida y contemplar los prodigiosos filmes de animación digital en 3D realizados por los estudios Disney, o alguna comedia romántica hollywoodense protagonizada por las estrellas del momento, o una simple gigantografía publicitaria. Lo más probable es que quedaran atrapados en la disyuntiva y la incertidumbre que asedia a los artistas actuales: en un lado del escenario, encuentran la estupenda tecnología de la imagen, con la que resulta muy difícil competir, y en el otro, la incertidumbre planteada por el múltiple embrollo de expresiones y caminos artísticos –iniciado a partir de la irrupción del impresionismo– que caracteriza al arte del presente. Para colmo, la incertidumbre se agrava cuando pensamos en la presunción de inutilidad que rodea a las actividades del espíritu: pagar los servicios médicos, las cuotas del auto, las expensas o la cuenta del supermercado son necesidades imprescindibles e impostergables, pero pintar, esculpir o escribir novelas, ensayos o poemas son cosas que se pueden ignorar o posponer indefinidamente, como lo hace la inmensa mayoría de la gente, demasiado exigida por los imperativos de la existencia material. Sin embargo, los millones de personas que, en los períodos de normalidad, visitan año tras año los grandes museos del mundo prueban que el interés por el arte –fermentado en los sueños y sentimientos más entrañables de la naturaleza humana: el vago anhelo de reconocimiento y admiración, la rebelión contra la fugacidad de la vida, la instintiva búsqueda de armonía y belleza o del sentido oculto que obsesionó a Koestler, relacionado con la eternidad y el infinito– ocupa un espacio permanente e inamovible en el milagro de nuestra imaginación. Seducido por la trama de admiraciones y fantasías depositadas en el subconsciente, siempre funcionales al afán de trascendencia terrenal, el artista se enfrenta al inabarcable caudal de la historia del arte con la sensación de que ya no hay posibilidades de aportar una voz o una mirada original, pero cuando parece que todo ha sido hecho, el imprevisible y espontáneo vuelo de la imaginación nos sorprende con la rara belleza de una obra que escapa al canon establecido por el arte oficial y se impone merced al reconocimiento del público. Así surgieron, a espaldas de las instituciones rectoras del mundo del arte, creadores de la talla de Edward Hopper, Norman Rockwell o Lucian Freud, bendecidos por la innata maestría que suele conceder la naturaleza y perseguidores insobornables de la única trascendencia tangible, la concedida por la voz del público y el favor de las generaciones, en un proceso que no es sencillo ni lineal porque requiere el concurso del descubridor que da el primer paso: una inteligencia sagaz y segura de sí misma que percibe los valores del autor desconocido y los afirma con entusiasmo, iniciando el culto que no deja de propagarse, al principio, con timidez, pero más y más arrollador a medida que se incrementa el número de seguidores. Lamentablemente, la realidad demuestra que el proceso no es infalible: hoy nadie se atreve a poner en duda el hecho de que Van Gogh, Gauguin y Modigliani fueron genios de la pintura, pero la ausencia del descubridor, que tal vez no llegó a tiempo o no tuvo la suficiente influencia sobre su círculo, o no fue capaz de sostener con firmeza su gusto artístico, los condenó a vivir en la miseria y a morir convencidos de su fracaso, un fenómeno que arroja muchos interrogantes sobre los mecanismos de la consagración artística. Si consideramos el extraordinario vuelco de la opinión europea, que en el curso de tres o cuatro décadas transformó en franca idolatría el total desprecio que le inspiraban los pintores impresionistas, se impone la pregunta sobre el margen de confianza que podemos depositar en nuestras convicciones actuales. ¿Serán genuinamente autónomos y personales nuestros juicios sobre la creación artística, o corremos tras la opinión de la mayoría por temor a quedar desacreditados? La dificultad de encontrar una respuesta unívoca nos devuelve al estado de benéfica incertidumbre –sinónimo de tolerancia– que parece ser la condición natural de las reflexiones sobre el arte y los artistas, siempre precarias y condicionadas por las ideas dominantes, cuya legitimidad desaparece o se acrecienta con el paso de las décadas y los siglos. En el otro extremo, enfrentado a la incertidumbre, comienza el territorio de las certezas absolutas, clave de las descalificaciones y prohibiciones decretadas a lo largo del siglo XX en nombre del incierto espíritu de la época –una cualidad opinable, que solo la posteridad puede diagnosticar con alguna certeza–, cuyo efecto tendía a fusionar el arte con las ciencias exactas. Pero nada permanece inmutable en la historia humana: desaparecen imperios y teologías, cambian  generaciones y culturas, guerras y convulsiones políticas recomponen el mapa del mundo, y orgullosas creencias se hunden silenciosamente en el olvido –como el Ozymandias, de Shelley–, mientras amanecen los nuevos estados del alma, fruto de un proceso de renovación que corre en paralelo con los ciclos biológicos. Este inabarcable, dinámico e imprevisible panorama es el campo de maniobras donde la imaginación de los artistas traza las líneas invisibles que definen la nueva realidad del arte: un neopaganismo donde todo está permitido y donde las diferentes propuestas son paralelas y ya no antagónicas; donde naturalezas muertas, retratos y paisajes conviven con las abstracciones y las aventuras pospictóricas, y donde cada forma artística encuentra su público y su grupo de seguidores. Uno de los tantos testimonios del nuevo estado espiritual, cuya clave es una libertad inédita en el mundo del arte –al fin emancipado de las coerciones y modelos inviolables–, es esta miscelánea y rica antología de creadores, realizada en el año de la pandemia, cuando el país detuvo su marcha y una inquietante y ominosa parálisis cubrió con un manto de silencio los campos y ciudades del mundo. La dispersión de las búsquedas y las propuestas que llenan estas páginas es la demostración cabal de que todo está permitido; pero el clima de inédita libertad surgido luego de la desaparición de los lastres que entorpecían el vuelo de la imaginación no está exento de problemas: es cierto que los artistas respiran la libertad de seguir sin ninguna clase de restricciones los caminos que les resultan inspiradores –porque ya nadie tiene la autoridad de imponer lo que se debe o lo que no se debe hacer–, pero también enfrentan el desconcierto generado por la inexistencia de límites y de cauces predeterminados, una situación prácticamente inédita en el mundo del arte. Ya sin las ataduras exteriores que limitaban su creatividad, vueltos hacia el secreto reservorio de imágenes dispersas, memorias truncas y tenaces anhelos que nunca dejan de vibrar entre los pliegues de la conciencia, los artistas de hoy recorren el alma y la pasión del arte para generar un caleidoscopio de imágenes personales e intransferibles, nacidas de un sentimiento genuino y legitimadas por la voz del corazón, y encuentran, en los volúmenes de Ediciones Institucionales, la posibilidad de atesorarlas, año tras año, como testimonio de su voluntad de perduración.

Daniel Pérez

ARTISTAS QUE INTEGRAN LA OBRA:


Acosta, Marta
Agatiello, Mario
Aguilera, Marta
Alonso, Carlos
Altmark, Patricia
Armagni, Alda
Auteri, Cristina Marcela
Baglietto, Mireya
Benenzon, Rolando
Bermúdez, Griselda
Bernath, María Estela
Bertani, Ernesto
Borré, Rubén
Bravo, Julio
Burone Risso, Enrique
Camacho, Silvia
Cañás, Carlos
Caputo, Mónica
Cerávolo, Flavia
Céspedes, Florencia
Corbalán, Alejandra
Costanzo, Salvador
De Vincenzo, Ida
Delvescovo, Sylvia
Díaz Rinaldi, Alicia
Distéfano, Helena
Dompé, Hernán
Eidman, Mimo
Elía, Jorge
Fabriciano
Farjat, Julia

Ferrari, Luis Ángel
Foschini, Vanda
Furman, Mario
Gallardo, Graciela B
Galluzzi, Natalio
García, Ruth Patricia
Giagante, Silvana
Giusinian, Teresa
Gómez Delhez, Milly
Grüneisen, Isabel
Guillaume, Stella Maris
Hafford, María Teresa
Lascano, Juan
Lockett, Milo
Lopardo, María Elena
Mac Culloch, David
Maiolino, Patricia
Marcellux
Marínez, Manuel
Martínez Suarez, Martina
Martínez, Patricia
Mazzei, Noemí
Medda, Graciela
Merello, Silvana
Minujín, Marta
Miranda Almagro, Lucrecia
Moares, Daniel
Mollard, Marta
Monastersky-Leston, Natalia
Ocampo, Silvia
Patrón Costas, Inés

Pereyra Anheluk, Graciela
Pérez Otaola, Ester
Pérez Temperley, Marta
Portillo, Monica Isabel
Pueyrredón, Patricia
Pujal, Gonzalo
Robinot, Norberto
Rodrigo, Mercedes
Rodriguez, Sonia
Roux, Guillermo
Saggese, María José
Sáiz Miramón De Saporiti, Patricia
San Miguel, María Luisa
Santa María, Marino
Santander, Cristina
Scannapieco, Carlos
Scholz, Piroska Catalina
Signorini, Micaela
Silva, María Esther
Solari, Pablo
Terzián, Cristina
Tessarolo, Carlos
Vázquez Cuestas, Atilio
Vera, Carlos
Vergara, Marta
Vilches, Alejandro
Villarreal, Claudio
West Ocampo, Alfredo
Zariquiegui, Estela
Zorrrilla, Heriberto

(011) 4631-1214 / 4633-8958 / 4541-2402 - Curapaligue 60 1º A - CABA (entrevista previa)
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